UNOS GANAN Y OTROS PIERDEN EN JERICÓ

En la misma ciudad de las palmeras unos ganaron y otros perdieron la batalla. Veamos lo que delineó la victoria de los hebreos así como la derrota de los habitantes de Jericó (Jos 6).

a. Tres pasos para ganar una batalla

Para enfrentar la guerra de conquista de la tierra prometida, Josué elaboró un plan de tres pasos:

Primer paso: envía espías a la tierra, para conocer al enemigo
Josué quiere saber quiénes son los cananeos, para enfrentarlos. Antes de iniciar lucha alguna, es necesario saber contra quién se va a pelear. Evaluar sus fuerzas y sus debilidades. Cuando no conocemos al enemigo, nos exponemos a un ataque por sorpresa, que puede ser fatal. Para no sobrevalorar ni menospreciar al enemigo, hay que conocerlo.

Segundo paso: motiva a su ejército presentando el objetivo
Desde antes de ingresar a Canaán, Josué ya había pintado en la imaginación y los anhelos de los nómadas habituados al desierto, aquella tierra tan maravillosa. Les asegura que es la tierra más hermosa: regada por ríos, con fuentes de agua, árboles frutales, leche y miel, y les da a probar los frutos para que tengan esa misma tierra dentro de ellos.

Quien no sabe por qué luchar, no tiene fuerza para superar obstáculos y vencer dificultades. En otras palabras, Josué está ofreciendo la motivación que los capacite para enfrentar luchas y batallas. La tierra que mana leche y miel y cuyos frutos han ya probado, es razón suficiente para enfrentar la batalla. Vale la pena. Tener una motivación es el segundo secreto para ganar las batallas. Las grandes victorias se conquistan sólo con grandes motivaciones. Tanto más concreta sea, la motivación es más eficaz. Las motivaciones efectivas son las más poderosas.

Tercer paso: Tomar posesión de la tierra
Josué se sube a la cima del Arabá y, contemplando desde ese balcón aquel territorio que tiene delante, proclama: “Hoy tomamos posesión de esta tierra que Dios prometió a nuestros padres”. El gesto de Josué significa que en ese momento, aún sin cruzar la frontera y antes de enfrentar lucha alguna, el pueblo ya toma posesión de lo que apenas es un desafío. Por tanto, no van a apoderarse de un suelo que no les pertenece. Simplemente van a ingresar a su propio territorio. Además, ya consideran que han obtenido la victoria.

Josué está haciendo precisamente lo que Jesús exigió para la oración eficaz (Mc 11,24). Cuando oremos creyendo que ya hemos obtenido lo que solicitamos, entonces veremos milagros.

Para obtener la victoria necesitamos tres cosas:

 

b. Tres actitudes para perder una batalla

He aquí los tres elementos que los condujeron a la derrota total a los habitantes de Jericó:

Confiaron en las murallas externas, más que en sí mismos
En vez de fincar su defensa en su glorioso pasado, sus armas o la gallardía de sus soldados, se apoyaron sólo en sus murallas de piedras, sus altas torres y sus sólidas almenas. Creyeron que ellas resistirían cualquier embate y no tomaron precauciones. La seguridad no estaba en ellos mismos, sino fuera de ellos.

El miedo
El pánico los cubrió con negro manto y presintieron la derrota que se avecinaba. Las siete vueltas del ejército de Josué en torno a las murallas de la ciudad abonaron el temor que ya existía en los habitantes de Jericó, cuya amenaza crecía a la par que la incertidumbre.

Se encerraron
La alarma los llevó a enclaustrarse, pero al mismo tiempo ese invernadero favorecía que el pavor se agigantara. El miedo creció tanto que decidieron renunciar a la defensa. Ya antes habían renunciado a enfrentar el ataque. Ahora se desmoronan y caen las murallas defensivas de su vida. Así, fueron presa fácil de unos enemigos que eran mucho menos fuertes y capacitados que ellos. Su problema fue no atacar ni defenderse. Se dieron por vencidos antes de entrar en batalla.

Los habitantes de Jericó tenían todo para derrotar fácilmente a un ejército que todavía arrastraba la sombra de la esclavitud. Sin embargo, la fama de sus hazañas en el mar Rojo los hizo paralizarse. Entonces:

Se encerraron dentro de sus murallas a cal y canto: Jos 6,1.

Desde que los dos jóvenes espías entraron a Jericó se notaban sus intenciones. Rahab, dueña del prostíbulo los reconoció y por eso les dio cobijo y protección. Ella vislumbraba en la fe, que aquel pueblo peregrino conquistaría la ciudad. Por eso, a cambio, pidió que ella y su familia fueran preservadas de la muerte. Así, su prostíbulo, casa de pecado, se convertiría en arca de salvación.

Síntesis: la victoria y la derrota están dentro de nosotros

Los israelitas no conquistaron Jericó porque sus murallas cayeron milagrosamente, sino porque sus habitantes no quisieron luchar. No confiaron en ellos mismos y se dieron por derrotados desde antes de entrar en batalla. Se desangraron al perder la confianza.

Cuando nos recluimos en nuestras propias murallas no vemos el sol ni las estrellas, pero el miedo se queda dentro de nosotros mismos. Entonces se fermenta un vinagre que amarga la existencia. El enemigo no nos ha vencido. Nosotros nos derrotamos a nosotros mismos.

José H. Prado Flores