Jhorman Pérez
Personal de la oficina de ICCRS Venezuela

Mi encuentro con las EESA fue un encuentro más profundo con la Palabra de Dios.

«¿Recibieron ustedes el Espíritu Santo cuando se hicieron creyentes?». Ellos le contestaron: «Ni siquiera habíamos oído hablar del Espíritu Santo» (Hch 19,2). Así me sentí cuando me preguntaron: «¿Ya hiciste las escuelas de formación?», a lo que respondí: «Ni siquiera sabía que había unas escuelas de formación».

Proveniente de la diócesis de La Guaira, la cual se estaba recuperando de un deslave en diciembre de 1999, la vida eclesial también estaba en proceso de restauración. Estaba yo dando mis primeros pasos en la RCC en el año 2005 y había hecho unos cuantos retiros de iniciación en la fe y sobre los carismas. Incluso ese mismo año entré en el comité diocesano y se me asignó el área de formación. Cuando me hablaron de las escuelas de formación, al momento despertó mi interés y entonces me propuse participar para vivir la experiencia, pero siempre con una sensación de curiosidad.

Por mi función, escogí hacer el curso «Moisés». Recuerdo que esa vez motivé a varios hermanos de la diócesis a participar en las escuelas, pero algunos de ellos hicieron «Jesús en los cuatro Evangelios».

Ya el primer día mi corazón estaba cautivado (cf. Lc 24,32): Oración, enseñanzas, dinámicas, cantos, representaciones, láminas, interacción… un sinfín de elementos entrelazados eficazmente que hacían del curso una auténtica vivencia personal y comunitaria de la fe. Pasaba de ser una mera transmisión de conocimientos a un aprendizaje activo y recíproco, en el que podíamos escuchar verdaderamente la voz del Maestro (cf. Mt 17,5). El equilibro entre lo espiritual y lo intelectual era tal, que la oración se volvía predicación y la predicación era oración. Y lo mejor aún, todo se fundamentaba en lo que más me impactó cuando recibí el bautismo en el Espíritu: la Palabra de Dios. «Porque la palabra de Dios tiene vida y poder. Es más cortante que cualquier espada de dos filos, y penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta lo más íntimo de la persona; y somete a juicio los pensamientos y las intenciones del corazón» (Hb 4,12).

A partir de allí, procuré llevar los cursos a mi diócesis. Logramos que se hicieran los cursos «Juan» y «Emaús», y seguimos participando en los cursos nacionales. Cada ocasión era un momento del Espíritu, un tiempo de edificación y renovación. Todos y cada uno de los participantes dábamos testimonio del poder kerigmático y a la vez catequético de los cursos, como si fuese siempre un primer encuentro, pero que en realidad era una profundización de ese encuentro. Y no se trataba de un encuentro sentimentalista, a manera de calmante espiritual, sino un abrir de ojos (cf. Lc 24,31) que sembraba el deseo de llevar a los demás la experiencia vivida (cf. Jn 4,29) y, además, una vacuna para aquellos que se habían estancado en la iniciación cristiana y no habían progresado en la fe.

Las EESA son un instrumento de Dios, vitales para llevar a cabo el gran mandamiento misionero del Señor (cf. Mt 28,19). Los cursos son herramientas efectivas en este tiempo de «neoevangelización» para evangelizar, aprender a evangelizar y formar evangelizadores. Su programa de formación se encaja perfectamente en el proceso de educación en la fe, por lo que constituyen un tesoro irrefutable para toda la Iglesia universal.

Las Escuelas de Evangelización San Andrés, cumpliendo a cabalidad su visión y metodología, forman parte de mi historia y gracias a ellas he comprendido mejor la Buena Noticia para así poder llevarla a todos.